
MiCRO CUENTO I
EL CAÑONAZO DE LAS 12
Soy el encargado del cañonazo de las 12, en el Santa Lucía.
Soy el encargado del cañonazo de las 12, en el Santa Lucía.
Hoy me reí de todos. No lo disparé a las 12. Lo disparé a las 11. ¡Que confusión!. Los Bancos cerraron antes, millones de cheques protestados. Escolares en estampida y hasta el cambio de guardia en La Moneda confundido.
Me reí a carcajadas.
Cuando llego a mi casa, una hora antes, veo a mi vecino saltar desnudo por la ventana.
Ya no río.
Ariel Gallegos C.
MiCRO CUENTO II
LA ÚLTiMA CENA
El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida
El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida
Ángel García Galiano
MiCRO CUENTO III
UN TiPO
Era bastante imbécil. Trabajaba en uno de esos parques temáticos. En invierno se vestía de Silvestre y en verano de Piolín. Los psiquiatras le diagnosticaron síndrome de doble personalidad. Era bastante imbécil. Sonreía dentro de la careta cuando le hacían una foto. Murió el año pasado. Un chaval precoz de once años con pelo largo y ojos guionados le prendió fuego a la poliamida con la punta de un cigarro.
El pobre imbécil se pasaba la mitad de un año persiguiendo y la otra mitad perseguido, la mitad de un año de blanco y negro y la otra mitad amarillo y naranja. Cada uno de esos trajes representaba una personalidad y una temporada, igual que el olor a pipas impregnaba sus tardes de domingo. Su pobre mujer guarda el único traje de trabajo dentro del ropero, en un sepulcro hecho con miles de bolitas de alcanfor, como si fuera un monumento marca ACME. Murió en verano, así que es Silvestre el que yace en el armario.
Era bastante imbécil. Trabajaba en uno de esos parques temáticos. En invierno se vestía de Silvestre y en verano de Piolín. Los psiquiatras le diagnosticaron síndrome de doble personalidad. Era bastante imbécil. Sonreía dentro de la careta cuando le hacían una foto. Murió el año pasado. Un chaval precoz de once años con pelo largo y ojos guionados le prendió fuego a la poliamida con la punta de un cigarro.
El pobre imbécil se pasaba la mitad de un año persiguiendo y la otra mitad perseguido, la mitad de un año de blanco y negro y la otra mitad amarillo y naranja. Cada uno de esos trajes representaba una personalidad y una temporada, igual que el olor a pipas impregnaba sus tardes de domingo. Su pobre mujer guarda el único traje de trabajo dentro del ropero, en un sepulcro hecho con miles de bolitas de alcanfor, como si fuera un monumento marca ACME. Murió en verano, así que es Silvestre el que yace en el armario.
Fabio Rodríguez de la Flor
iNViERNO
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